
La noche es fresca, y hace días que el verano ha comenzado. Ha entreabierto la ventana, y la luz de la calle, tenue, dibuja finas líneas en la cama, colándose osadamente en la habitación por los pequeños orificios de la persiana.
Habla por teléfono, y mientras lo hace, se mira en el espejo. Con la mano recorre su joven cuerpo, apretando la piel, tersa y suave. Las palmas recogen pedazos de carne, prieta i temblorosa. El espejo refleja su ingenua desnudez, y deposita la mirada en cada recodo del cuerpo. Esconde uno de sus pechos entre los dedos.
La conversación es agradable, íntima, como quien susurra al oído. El sonido no es bueno, pero la imaginación queda libre, y aquello no escuchado no resulta imprescindible. Murmuros de amantes en la oscuridad, silencios que nunca serán incómodos, suspiros de un desconocido que cada vez lo es menos.
Temblorosa, se tumba en la cama. Las sábanas le acarician por un breve instante la entrepierna, y siente el jugo espacirse por sus piernas. Palpa curiosa su pubis, anhelante y sus dedos recorren con ansia el tan conocido tramo.
Escucha la excitada respiración de él, la linea telefónica distorsiona el sonido y suspira apenada.
Porque no huele, no escucha, no siente. El tacto de otra piel, la consistencia de unos fuertes brazos que la estrechen. Rodea su cuerpo con los suyos, delgados, pero no logra calmarse.
Imagina su pecho y la caricia del bello al rozar repetidamente contra sus senos, Querría abrazarle, acercarlo con fuerza y dominio a su cuerpo, hundiendo cada pezón en la carne. Y sentir sus besos recorriéndola, mordiscos con labios, suaves, con la boca abierta.
Olería su cuello, detrás de la oreja, presionando sabiamente la clavícula. Lamería su miembro y acariciaría su torso. Jugaría con él sin entrarlo en su cueva, mojándolo una y otra vez.
El teléfono se corta y el impertinente sonido de la línea comunicando la desconcierta. Maldice en silencio y abre los ojos, y por esa noche, ya no huele, ni escucha, ni siente.
Habla por teléfono, y mientras lo hace, se mira en el espejo. Con la mano recorre su joven cuerpo, apretando la piel, tersa y suave. Las palmas recogen pedazos de carne, prieta i temblorosa. El espejo refleja su ingenua desnudez, y deposita la mirada en cada recodo del cuerpo. Esconde uno de sus pechos entre los dedos.
La conversación es agradable, íntima, como quien susurra al oído. El sonido no es bueno, pero la imaginación queda libre, y aquello no escuchado no resulta imprescindible. Murmuros de amantes en la oscuridad, silencios que nunca serán incómodos, suspiros de un desconocido que cada vez lo es menos.
Temblorosa, se tumba en la cama. Las sábanas le acarician por un breve instante la entrepierna, y siente el jugo espacirse por sus piernas. Palpa curiosa su pubis, anhelante y sus dedos recorren con ansia el tan conocido tramo.
Escucha la excitada respiración de él, la linea telefónica distorsiona el sonido y suspira apenada.
Porque no huele, no escucha, no siente. El tacto de otra piel, la consistencia de unos fuertes brazos que la estrechen. Rodea su cuerpo con los suyos, delgados, pero no logra calmarse.
Imagina su pecho y la caricia del bello al rozar repetidamente contra sus senos, Querría abrazarle, acercarlo con fuerza y dominio a su cuerpo, hundiendo cada pezón en la carne. Y sentir sus besos recorriéndola, mordiscos con labios, suaves, con la boca abierta.
Olería su cuello, detrás de la oreja, presionando sabiamente la clavícula. Lamería su miembro y acariciaría su torso. Jugaría con él sin entrarlo en su cueva, mojándolo una y otra vez.
El teléfono se corta y el impertinente sonido de la línea comunicando la desconcierta. Maldice en silencio y abre los ojos, y por esa noche, ya no huele, ni escucha, ni siente.

Mi Señora,
ResponEliminaLa descripción inicial me dejo desconcertado, es cierto que su texto es un buen ejemplo de paradojas, aunque escritas como las escribe parezcan completamente vívidas y cálidas.
Es verano pero la noche es fresca, y decide abrir la ventana (a pesar del ruido) ya que por la descripción hay bastante luz que proviene de la calle aunque sea de noche y se intuye un lugar muy habitado.
La habitación debe estar a oscuras y la luz exterior es tan intensa que atraviesa los pequeños orificios de la persiana, y deben ser tantos lúmenes que a pesar de la oscuridad basta esa luminiscencia para verse reflejada en el espejo con detalle, tanto como para visualizar la tersura de la piel o cada recodo de su cuerpo.
"Las manos recogen pedazos de carne, prieta y temblorosa" en la versión en catalán es igualmente desconcertante esa frase. Esconder los pechos entre los dedos también es paradójico.
Otra paradoja es, ¿se puede tener una conversación agradable e íntima con un mal sonido? o ¿no llega al mínimo que consideraríamos conversación? puesto que lo no escuchado no resulta importante.
La contradicción es predecible, ella se prefiere a ella y él es una excusa sonora y física.
Luego leo el clímax que no llega a tal, el sexo imaginado, que ni siquiera recreado en descripciones deja de ser el deseo de ella y él objeto acariciado o acariciador de un personaje masculino, cepillo o cepillado.
Cuando la línea se corta, ella ya llevaba desconcertada un rato, me parece, porque hace un rato que no huele, que no escucha, que no siente.
El final, suponiendo que el silencio de la calle no fuese oído, acaba dramáticamente sin tres sentidos de los cinco, pero además sigue a oscuras y sin lamidas, es decir, claramente sin ninguno. (Quedaría la salvedad del sexto)
Me perdone mi Señora Almudena, pero me encantó revisar su sensual escrito desde la lógica. (Con su permiso, ya que permite comentarios).
Un placer el leerla y sin duda me gustan sus miradas en este balcón y resto.
Suyo, Z+-----